| HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE
Con paso trémulo sube a la banqueta, deja caer el cuchillo y se arregla el nudo alrededor del cuello. Con un movimiento vuelca el taburete y su cuerpo, en suspensión, se balancea como un péndulo. Estertores. En un último aliento de arrepentimiento, con sus manos, agarra la soga y no hace más que alargar la agonía. Sus ojos se clavan en los de su esposa, miradas pálidas, caras de pánico. Se agota el aliento, un último suspiro, y ella parece, parece… que sonríe. El cuerpo inerte gira en la soga. Abandona la vida, la dignidad y la culpa. Gotea el colgajo. Un charco de orina serpentea en el suelo, y se une, ultrajándola de nuevo, a la sangre de ella.
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