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Alzó la vista y la fijó en el cristal, en el cristal de la ventana, en el
cristal de la ventana de su habitación. Y ahí, en ese punto indefinido del
vítreo material translucido, sin mirar tras él sino ahí… sintió como se
abría su mente.
Sintió claridad… lucidez… su mente se abrió mas de lo que podría haberlo
hecho un hachazo en el cráneo pero no empezaron a brotar maravillosas ideas
de ella sino que, como un torrente, empezaron a entrar en ella ideas,
imágenes, conceptos… arremolinándose en la entrada de la incisión
metafísica, borboteando, escupiendo detritos en los estallidos de las
burbujas del fétido elemento liquido, denso, arrastrando en la succión,
desperdicios, basura y restos…
Como el sumidero de una alcantarilla tras una tormenta, su mente empezó a
tragar, a engullir todo aquello. Sintió saturarse su capacidad, se vio
rebosado en su conocimiento y sintió que su cráneo cedía ante la presión y
se abombaba.
Repentinamente, la visión de la ventana desapareció de su vista y volvió a
quedarse mirando al techo.
Percibió en su cabeza la sabiduría, el saber, y advirtió también, como una
ráfaga de viento helado, la ignorancia, el desconocimiento… y le abrumó
tanta incertidumbre.
Su cabeza, repleta de conceptos abstractos que no alcanzaba a comprender se
agitaba tumultuosa, centrifugando, convulsa como el estomago saturado de un
borracho.
Poco a poco fueron reposándose los sedimentos y poco a poco empezó a
hilvanar, a ordenar, a tejer una suerte de lienzo con los conceptos de la
mixtura de su mente, tomando datos de aquí y de allá para poder formar una
estampa.
Pero de nuevo la frustración volvió a abrumarlo, a hundirlo en el
desasosiego…. Nada, nada en claro, no tenia una sola imagen, nuevamente, no
había conseguido traspasar la ventana. Sus ojos, acostumbrados a mirar al
techo no eran capaces de enfocar la tan evocada imagen del otro lado de la
ventana. Tendría que esperar a otro día a que lo alzaran para bañarlo. Una
lágrima se deslizó por su rostro y se depositó en la almohada.
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