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Hubo una gran tormenta, parecía que el mar era
vomitado sobre la tierra por las fuerzas oscuras. Y fue entonces, al poco
tiempo, cuando comenzaron los rumores sobre el ser atroz.
Era mitad rana mitad mujer. Cuando se encontraba metida en la charca parecía
una simple rana, eso si, de tamaño descomunal. Pero cuando caminaba por la
superficie mostraba sus piernas de mujer, sus muslos, sus nalgas
grotescamente expuestas… y ningún ser creado por la mano divina, a excepción
de la mujer, luce semejantes atributos glúteos.
Aquel repulsivo engendro, pues, no era hijo de la naturaleza sino algún ser
creado por el maligno para atormentar al hombre. Aunque posiblemente podría,
no caminaba erguido. (Habría sido una ofensa tal a lo humano que dios en su
eterna misericordia lo habría exterminado, fulminado con un rayo) Tampoco
saltaba. Se arrastraba como los sapos caminando en cuclillas, ayudado por
las manos, patas o lo que quiera dios o el diablo que fuera aquello.
Con torpes movimientos atrapaba carpas con su lengua y las engullía
grotescamente, asintiendo con la cabeza. Tal cantidad de carpas y batracios
devoraba que había aniquilado casi la totalidad de la fauna de la charca.
Charca que por otra parte la tenía infesta de sus propios excrementos y eran
estos de tal similitud con los humanos que atemorizaban más a la pobre
gente.
Ryonosuke Okawa, un joven lisiado de la aldea, bajaba todas las noches a la
charca y observaba al ser atroz.
Cada noche se ocultaba entre los juncos y desde allí contemplaba embelesado
como el ser inmundo miraba la luna, hipnotizado, atónito… y comprendió su
soledad y la complicidad que lo unía con la soledad de la luna, y él mismo
fue consciente de su propia soledad.
Y así, noche tras noche quedó prendado del ser nocturno, del anfibio
ambiguo, del atormentado ser…
Cierto día Ryonosuke oyó comentar en la aldea, que la gente estaba
preparando una batida para acabar con el ser atroz. El pánico se apodero de
él. Tenia que impedir que le hicieran daño y mientras toda la aldea se
preparaba con antorchas, redes, palos, hachas, azadas y lo que cada cual
tenía en su casa, él corrió a la charca a proteger al inmundo.
Estaba anocheciendo cuando llegó a la charca. Buscó desesperadamente al ser
mientras observaba como se acercaban las luces de las antorchas y escucho un
murmullo, como un bramido constante, proveniente del gentío enajenado.
Ardían de ira y una furia contagiosa los convertía en una jauría de bestias
sedientas de sangre.
Entonces pudo ver al ser atroz, estaba oculto entre los juncos desde los que
tantas noches había pasado contemplándolo y aliviando su "soledad".
Estaba agazapado, como sabiendo que algo terrible lo amenazaba. Se acercó a
él sin miedo, decidido. Le explico que tenía que huir, marcharse de allí lo
antes posible.
El engendro salio de entre los juncos entre una viscosa espuma, y se quedó
parado mirando a Ryonosuke, este, por algún motivo desconocido se subió a su
lomo y se aferro a él. El contacto con la piel del ser lo traspuso y casi
llego a marearse con el contacto de su lomo, de sus nalgas voluptuosas e
in…. Como una exhalación el ser se deslizó entre los juncos, ágil y audaz y
lo llevó a una pequeña cueva.
En ella, el joven le explicó lo que sentía por ella… la rana híbrida lo
miraba impávida, como si comprendiese lo que el muchacho le contaba.
Se limpió un ojo de un lengüetazo mientras seguía atentamente los
aspavientos y la parafernalia oral del joven. De repente en el punto álgido
de la exposición del muchacho se abalanzo sobre él y lo engulló, se lo
tragó. Y allí, en el suelo fangoso de la cueva, lentamente, se introdujo
bajo la tierra y se sumió en el letargo.
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