| |
|
Cae la noche en la ciudad
y las luces iluminan la quimera del hombre. La tenebrosa noche se disfraza
entre las luces y se ocultan los fantasmas.
Un susurro de viento acaricia su rostro haciendo ondear un mechón del
cabello que desciende de la sien. Cierra los ojos en un parpadeo lento y
respira profundamente el helado aire de la noche.
La espera se hace larga cuando no esperas a nadie, cuando el próximo
cliente ya se toma su última cerveza o cuando la cerveza que toma, es la
última. La ultima.
La noche es larga, cuando ese cliente anónimo al que esperas ya esta
durmiendo en la cama, en el sucio lecho donde se dilucidan sus temores,
donde día a día se envilecen. Se embrutecen.
Para un coche, detiene su marcha y desde la ventanilla entreabierta,
alguien, solicita una cifra. Cincuenta. ¿La chupas a pelo? Si. Sube.
Vamos.
El calor del coche la hace consciente del frió en sus huesos. Se detiene
en el arcén, en la cuneta, en la cuneta de la vida, como la suya, es su
sino.
¿Me abonas? Toma. ¿Te la chupo? Sí, cielo. Venga. ¡Oh, nena!
Sabores acres para paladares selectos. Mama y chupa pero no traga, se
atraganta.
Mecánicamente, ritmo y cadencia. Una boca hábil despierta pasiones.
Descarga su hastío, su crema templada, en la boca de la chica, delicada
delicia, gotean sus labios de grotesca hermosura.
Un estilete de filo endiablado aparece en su mano, el frió acero se templa
en sangre tibia y el cuello del hombre… llora, gotea, mana.
Una mano delicada aligera la cartera del despojo, abandona el coche. Sigue
la vida. La vida sigue, a trompicones.
Es la chica más sensual que jamás ha hecho la calle, en su cuerpo lleva
golpes, en su vida… más golpes. Y de vez en cuando, cada cierto tiempo, se
toma la licencia de cobrarse su victima, de administrase justicia con una
pizca de malvada satisfacción.
|
|
|